SENSE OF SIGHT
Enrolla una hoja, colócala delante del ojo y pon la palma de la mano a su lado.
Si con los dos ojos abiertos desplazas la mano pegada al tubo lentamente, llegará un momento en que parezca agujereada. El cerebro forma la visión combinando las imágenes captadas por cada uno de los ojos.
Aunque el cerebro emplea la información visual que recibe de ambos ojos, uno de ellos aporta más datos de la imagen final que se percibe. Es el ojo dominante.
Para averiguar cuál es basta con extender un brazo y señalar un objeto distante.
Sin mover el brazo, cierra el ojo derecho y observa el objeto.
Si éste no se desvía, el ojo izquierdo es el dominante; si se desplaza, es el derecho.
Coge lápiz y papel y, con los ojos cerrados, escribe durante un rato. Observa el resultado. ¿Es como lo imaginabas o quizá ha quedado un poco ‘distorsionado’?
Ya se ha dicho que la propiocepción no es suficiente para los trabajos que requieren gran precisión, como es el de escribir.
Cuando escribimos normalmente, es decir, con los ojos abiertos y observando los resultados, la vista se encuentra constantemente analizando la forma, el tamaño y la posición de las letras con respecto al papel y a su compañeras, lo que permite realizar ajustes a cada momento.
Al cerrar los ojos, se pierde esta capacidad de análisis y reajuste inmediato y, por mucho que los propioceptores se cuenten por millones, los resultados no son ‘presentables’.
Frota un área de la palma de la mano con alcohol y a continuación deposita en esa región unas gotitas de agua —puedes emplear una pajita para hacerlo—. ¿Observas lo que les pasa a las gotas?
En lugar de mantener su forma habitual se han extendido plácidamente por la piel y comienzan a penetrar en ella. Si no lo ves claro, puedes depositar unas cuantas gotas en la otra mano y observar la diferencia.
Las glándulas sebáceas presentes en la piel producen una sustancia oleosa que le confiere una capa impermeable. Al frotar con alcohol la has eliminado. Esta capa sebácea no sólo actúa como repelente del agua.
Su función protectora va más allá al actuar como barrera frente a los gérmenes, gracias a que en su composición incluye sustancias germicidas, que son los agentes desinfectantes del exterior del cuerpo.
Y es que, aunque no los veamos, la cantidad de organismos vivos que pululan por la piel de una persona es similar al número de habitantes del planeta. Entre ellos destacan las bacterias, responsables de descomponer el sudor y dotarlo de su olor característico.
Sin su participación, el sudor prácticamente no olería a nada.